Un día de guardia

Todo el mundo piensa que trabajar como médico es pan comido. Creen que mi trabajo es estar detrás de un escritorio, escuchando todo el día las quejas y dolencias de los pacientes, y escribir muy rápido frente al computador. De lo que no se dan cuenta es de todo el resto de cosas que tenemos que hacer…

Era un sábado, turno en la tarde, bastante relajado para ser un sábado. Me encuentro en el escritorio esperando que algún paciente llegue, cuando suena la puerta, alguien entra sin tocar. Me preparé para decirle que tenía que esperar su turno cuando me doy cuenta que se trata de uno de mis compañeros de turno. Me dice que tenemos a un paciente con un infarto masivo que requiere ser llevado a un hospital más especializado.

Me preparo mentalmente para esto, agarró mis cosas, las guardo y me dirigí a conocer este paciente. En mi mente sólo veía a alguien muriendo. Cuando veo al paciente me doy cuenta de que es un abuelito. Se encuentra acostado en la camilla, con una sonrisa en la cara y una pose de tranquilidad. Instantáneamente me cae bien. Es de esa clase de personas que con tan solo verlos puedes saber su nobleza y su gran corazón. Me presento, hablo con él un poco, le comentó el paso a seguir y, por último, hablo con la hija. Una señora también muy amable y con una tranquilidad que me sorprende.

Espero con paciencia la ambulancia, no estoy preocupada a pesar de la gravedad de la enfermedad que tiene. Esa sonrisa del abuelito me hizo sentir tranquila. Lo subimos en la camilla, él dice que puede hacer todo solo, se le ve muy bien.

Estamos en la ambulancia, ya en camino para un hospital más grande. Mientras el viaje le preguntó cómo se siente, preguntas medicas básicas, acerca de la familia y el muy amable me cuenta todo. Se hace un silencio de repente, aprovecho para mirar por la ventana, todavía nos falta un largo camino. La ambulancia se mueve mucho, de un lado para otro. Recuerdo pensar que a cualquiera le puede dar otro infarto con la forma de moverse de esa ambulancia.

Fijo mi vista en el abuelo, se ve muy frágil, algo preocupado, sus manos se ven tensionadas, intenta sostenerse de cualquier lado posible. Ahora veo el monitor, sus signos están estables, empiezo a pensar que es raro que este tan estable. Como si fuera una premonición, el infierno se desata en la ambulancia.

Primero su frecuencia cardíaca marca 235, miró sorprendida al monitor, luego veo al abuelo, y sus ojos están completamente blancos. Empieza a hacer unos movimientos como si fueran convulsiones… Pienso que no tiene sentido que haga esos movimientos. Y luego, en cuestión de segundos se queda en calma. Su cuerpo se relaja, y su vida poco a poco se apaga.

Actuó de inmediato, busco su cuello, no le encuentro el pulso. Le avisó a mi auxiliar que el paciente entró en paro y que tenemos que actuar rápido. Con una mano me tengo del techo y con la otra empiezo a reanimarlo. 1.. 2.. 3.. 4.. solo pienso en eso. Mi cabello cae lado a lado de mi cara y maldigo no haberme lo recogido. No haber estado más preparada. Hace mucho calor, empiezo a sentirme mareada… Sigo y sigo y sigo. Mi auxiliar avisa al conductor con un golpe que debemos ir más rápido. El conductor detiene la ambulancia de abrupto. Salimos despedidas hacia adelante, golpeándonos con todo. Continua su camino. Se me hacen eternos los segundos… Minutos… 1  2 3 4 15… Sigo sin descanso. El sudor corre por todo mi cuerpo, mi cabello me tapa la visión.

Ordeno colocación de más medicamentos. Estoy cansada. Siento que no puedo más. Pero sigo y sigo y sigo. Mi mente es un hervidero de pensamientos. No puedo creer que hace unos minutos hayamos estado hablando. No puedo creer que a pesar de todo mi esfuerzo se siga alejando.

Le tomó el pulso, sigue sin tenerlo. Y yo sigo reanimándolo. Estamos cerca del Hospital. Una voz de esperanza. En medio de todo el caos, golpes arriba, abajo, a los lados… 1 2 3 4 .. llegamos a la puerta del hospital. Salgo corriendo con el paciente. Siento que todo el peso lo llevó en mis manos. Llegan los médicos de este hospital y yo solo me quedo mirando.

Miró y miró, camino, doy vueltas. Les comento que hacer. Me quitó los guantes, me seco el sudor, vuelvo a ponérmelos. Veo que todos se están rindiendo. Veo que está llegando lo inevitable. Deseo que nada de esto estuviera pasando, pienso en que debí apurarme más, debí irme más rápido.

Me subo al abuelito, 1 2 3 4 5….. La mano de una doctora me sorprende, me dice que ya es suficiente, que es hora de parar. Por un segundo la veo sin entenderla y luego pienso “es real, ya murió”.

Me quitó los guantes y respiro.

Ahora sólo queda la tarea de decirle a la hija. Decido qué debo ser yo quien se lo diga. Me siento responsable. Le explicó todo lo que pasó, ella me mira con sus ojos llenos de esperanza, espera buenas noticias. Sigue muy tranquila. Llega el momento, y veo como sus ojos poco a poco se apagan, como su vida y la de su papá pasan por sus ojos. Como todo el dolor lucha por salir. Pasó saliva, parpadeo rápido, intento no llorar. Mi voz no duda, mis ojos no me traicionan. Por dentro siento todo su dolor, siento su pérdida como la mía, siento su desesperación. Y me obligó a sentirlo, me obligó a estar triste, me obligó a ser humana tan solo por un segundo.

Pasa el segundo y vuelvo a ser yo. Aquella doctora fuerte, seria y con cara de brava que todos conocen. Vuelvo a ser la de siempre. Pero en mi mente y durante muchos días seguirá la imagen de aquel abuelito que me hizo sentir de nuevo, que me despertó del tedio, aquél que con su sonrisa hizo despertar en mí, sentimientos que pensé que ya no tenía.

Y es que siempre te enseñan a no sentir, a tener todo bajo control y a no demostrar tu humanidad. Te enseñan a ser robots frente a una máquina. Cuando algo así pasa muchos siguen siéndolo y no se atreven a sentir por miedo a salir lastimados. Y lo único que yo puedo pensar es que, si no siento, no estoy viva. ¡Y si no estoy viva, ¿qué sentido tiene todo?¡

4 comentarios en “Un día de guardia

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